Has de saber mortal, que la ilusión de poseer un alma
te hermana con los dioses, que son al mismo tiempo
fantasmagorías de una mente temerosa de la realidad
y creadores de mundos infinitos.
Viejas lecciones del mundo natural
Hace muchos años me encontraba caminando sin rumbo ni conciencia por una de las tantas avenidas de la ciudad de Lima, iba junto a otros ciudadanos meditando en mis problemas, ensimismado en las preocupaciones cotidianas, cabeza gacha.
Recuerdo que era verano y el calor del sol empezaba a molestar, pero por suerte estaba cerca de un parque lleno de árboles
frondosos cuyas copas cubrían con sus sombras parte del camino. Ese breve descanso que me permití me abrió las puertas a un hecho que, aunque ahora parece algo
evidente y pueril, en su momento significó una gran lección de vida.
Era el año de 1997, los problemas familiares y de salud habían confabulado junto con las carencias económicas para derribar lo que quedaba de mi optimismo en la vida
y el futuro, el país vivía una situación política y social decadente, empezaba a agudizarse la pérdida de valores que hoy ha alcanzado alturas estratosféricas.
Fatigado,
no por la caminata sino espiritualmente, apoyé mi espalda y cabeza sobre uno de los árboles que mencioné, parecía el más viejo de todos, esto lo supe por su altura y la compleja ramificación de
sus raíces que llegaban a deformar las veredas de la calle.
Por la postura que adopté podía apreciar la belleza apacible del techo verde formado por las hojas y ramas de este minúsculo bosquecito.
La visión era maravillosa, la luz del sol que minutos antes me cegaba se filtraba en hermosos patrones a través de los pequeños claros entre hojas y ramas, jaulas abiertas
desde donde provenía un griterío de multitud de pájaros que tomaba por asalto mis oídos y mi mente, de inmediato un pensamiento surgió espontáneo: ¡cuanta felicidad puede albergar unos metros
cuadrados de naturaleza!. Luego, el viento sopló con violencia agitando las hojas, las ramas y los pájaros; las canciones cesaron para dar lugar al ruido de la calle, ese otro
escenario urbano que coexistía a unos metros de distancia.
Quería invitar a los otros paseantes, transeúntes de cabeza gacha, a ingresar a este pequeño recinto de soledad y paz; una burbuja
protectora, un oasis de ramas, hojas y pájaros; pero nadie levantaba su vista porque seguían atrapados en sus pesares y dramas particulares.
Entonces vino el conocimiento, yo era como ellos, padecía la angustia de verme expulsado del paraíso, experimentando en soledad la incertidumbre de la existencia; pero ese vacío se llenó
súbitamente con la muestra de realidad patente de que ese árbol sosteniendo mi peso, había nacido y crecido siglos atrás; arrojado también al mismo mundo incierto e imperfecto que me angustiaba,
se había fortalecido a pesar de eso aprendiendo a moverse con el viento, creando vida a su alrededor, sirviendo de apoyo para quien desee refugiarse un momento de sus penas.
Maravillado por tal pensamiento, mi corazón latió con nuevos bríos. Pensé, si ese árbol pudo surgir de una humilde semilla cosechada por el viento para convertirse en un ser
espléndido de sabiduría silente entonces aún quedaban esperanzas para mi.
Con este nuevo sentimiento me volví hacía él extendiendo mi brazo derecho hasta tocar la superficie de su tronco lleno de surcos con la palma de mi mano, no tenía nada que obsequiarle a cambio de
su auxilio así que pronuncié en voz baja y con sentida reverencia unas frases de gratitud. Ese momento está presente en mi recuerdo como un renacimiento por lo que una vez al año paseo por el mismo
lugar para visitar a mi antiguo maestro constatando cada vez como se mantiene su autoridad imponente frente a los otros árboles.
Aprendí muchas cosas aquel día, no solamente que podía ser más de lo que era si me lo proponía o que un simple cambio de perspectiva te puede transformar y sanar; sino que detrás de formas humildes y sencillas se suelen esconder las señales que nos ayudan a continuar el viaje.
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